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sábado, 22 de septiembre de 2012

La Asistente

Cuento narcoerótico

Por Celso Domínguez Cura

Escritor y periodista, egresado de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM, y autor del proyecto cultural “Basura”.
 
... Zeznha Do Santos estaba sola en la amplia terraza de esa mansión a la orilla de la playa. La brisa llegaba con un penetrante olor a sal y el adormilado rumor de las olas, que con el barullo del día se escuchaba débilmente, a la caída de la tarde se hacía más y más intenso; en tanto en el horizonte, el cielo y la tierra pareciendo juntarse aplastaban a un sangrante sol en agonía.
 
De igual modo, el canto de los pájaros, papagayos y tórtolas iba menguando en las numerosas jaulas que alternando con exóticas plantas del trópico brasileño rodeaba aquella mansión paradisiaca. Joao Da Silva, hombre maduro pero no viejo, entraba poco a poco como si en esos trences le estorbaran sus largas piernas.
 
Zezinha Do Santos sintió de pronto que una sombra eclipsaba la tenue luz que penetraba sus entrecerrados ojos. Joao Da Silva la miró en toda la extensión de su hermosura; reclinada sobre su sillón de playa, sintiendo una intensa sensación de amor y odio, que en momentos se transformaba en lástima, en desprecio. Zezinha no podía incorporarse, todo le parecía una confusa combinación de fluorescentes luces y juguetonas sombras.
 
De pronto se veía niña, vistiendo andrajos y descalza, recorriendo las destartaladas calles de las favelas; los barrios pobres de Bahía. Después el Jet Set, el club, la relación con gente importante; políticos y empresarios de Río de Janeiro. Joao Da Silva la miraba y a su vez recordaba su fortuito encuentro en el carnaval de Río, la música potente de los tambores, el birimbao, el sonido de los silbatos y panderos.
 
 Y allí entre travestis y negros adoradores de Xangó, apareció esta sensual rubia de la cual todos sus deseos quedaron amarrados. La siguió por toda la avenida Antonio Carlos, entre carros alegóricos y bailadores de samba hasta el punto en que toda la gente se iba separando. Viéndola sola, la abordó hablándole de nimiedades del carnaval, y en segundos le ofreció justamente lo que Zezinha ambicionaba.
 
En pocos días la hizo su amante; pero Zezinha cometió el error de enamorarse de quien, después lo supo, era uno de los principales capos de la droga. Y así pasó, que el día anterior Zezinha como mujer enamorada en una reunión con gente importante, el ver a Joao, cómo coqueteaba con la hija de un embajador; al no soportar los inmensos celos que sentía, le dio por beber como nunca antes lo hiciera, y ya con la cabeza fuera de lugar empezó a vomitar más y más palabras; deshaciendo con esto todos los planes de Joao Da Silva.
 
Paseándose con su copa de un lado para otro, entre carcajadas, sosteniéndose de todo y de todos como si estuviera en un barco con la alta mar embravecida, Zezinha hablaba y hablaba de Joao Da Silva. De su relación con gente de izquierdas y de cómo pensaba apoyar a un candidato opositor para la Presidencia de la República; de sus intenciones para ir eliminando a sus competidores y formar, lo que él creía, sería el gran emporio de la droga, levantando su poder en lo que él llamaba el eje México-Buenos Aires-Río.
 
Y hubiera dicho más, pero Joao, dándose cuenta de lo que ocurría; supo actuar a tiempo; no se salvó, sin embargo, de dar algunas explicaciones sin convencer a muchos, dejando el aire enrarecido de sospechas.
 
Ya por la mañana, cuando Zezinha se levantaba, Joao Da Silva le ofreció una refrescante bebida para la resaca; Zezinha la tomó con avidez sintiéndose por el momento reconfortada. Joao pretextó un asunto para ausentarse mientras la potente droga que había puesto en el vaso de Zezinha; terminaba con su existencia.

Y ahora ahí, mirándola cómo se resistía; en un acto de frialdad compasiva se acercó a ella, inclinándose le acarició suavemente el terso rostro, le hizo a los lados la rubia cabellera, le miró sus oceánicos y perdidos ojos, le pasó el brazo por la espalda como abrazándola y con su enorme mano le tapó la boca para quitarle los últimos respiros.

Fue un trabajo de pocos segundos, Zezinha ya no tuvo fuerzas para seguir resistiendo y su cuerpo poco a poco se fue ablandando. Joao la soltó despacio y se acercó al balcón de la terraza. La luna como un faro lo iluminaba todo.

Pequeñas olas chocaban con las rocas deshaciéndose en espuma. “Tus azules ojos como el mar y como el cielo” Dijo Joao para sí recordando un verso. Volvió a donde Zezinha, la levantó entre sus brazos y lentamente regresó al balcón de la terraza… mañana a primera hora llegaría su nueva asistente.

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