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lunes, 18 de noviembre de 2013

LA CAIDA

Por Celso Domínguez Cura

Hay en la vida muchas formas de caerse, de tropezarse. Caerse para arriba, para abajo. Caernos los unos sobre los otros, como piezas de dominó. Caernos como piezas de boliche, como bolos. Con fulminante y aparatoso golpe.
 
Caernos como el personaje de Heinrich Böll, en Opiniones de un Payaso, imitando a Chaplin, entre la gente completamente borrachos. Caer desparramados, desperdigados como heridos guerrilleros.
 
¿Y que pasaría si de pronto todos fuéramos cayendo baldados, impedidos para dar un paso?
 
Caernos yendo a la escuela, al trabajo, caernos en los cines, en las oficinas, en los parques, en los autobuses, en el metro. Pero las peores caídas, son aquéllas cuando por una distracción, caminando por la calles, de pronto tropezamos, sin inercia desplazándonos en un movimiento grosero y aparatoso, que hace que todos alrededor y con disimuladas carcajadas, se rían de la cómica desgracia de ver a uno caído.
 
Y era entonces una mañana, que cargado de todos los sentimientos y frustraciones almacenadas sobre mi espalda, con mis pasos de cotidiano sonambulismo, sobre la banqueta, sintiéndome, sin saber porqué, completamente libre y desenfadado, y con una autosuficiencia que desbordaba mi alma, con una autoestima extrapolada, feliz.
 
Avanzaba, afanoso con mis pasos firmes, ganándole el tiempo a los autobuses, a los micros y automóviles, detenidos, suspendidos en la eternidad de una carretera también detenida en el tiempo de la acostumbrada y lamentable ineficacia.
 
  Ellos se quedan atrás, la gente desesperada se baja de los autobuses, mientras los automovilistas resignados, como si al no moverse su auto, se hubieran quedado sin piernas, con malhumorados gestos miran desesperados para todos lados. Algunas personas que me conocen de este caminar cotidiano me saludan al encuentro. De frente los mismos conductores que se han hecho amigos de mis fantasmales pasos, hacen sonar su cláxon con un musical saludo.
 
Me encuentro al mismo anciano, pequeño, impecablemente vestido, con su bombín, su saco a cuadros, corbata de diminuto nudo, que con agilidad al pasar a mi lado, levantando una mano me saluda al momento que de su rostro de avejentada dignidad expulsa una sonrisa; la misma muchacha que, puntual a la misma hora, con la hermosura de su juventud y su pelo largo, aún húmedo, se dirige a su trabajo, las comadres platiconas que apresuradas caminan entre niños cargadas con las pesadas mochilas de sus hijos.
 
Más adelante, el indigente de siempre. Su pelo largo; sucio, pegajoso casi embarrado a esa delgadísima cara. Han de ser tan prolongados sus ayunos, que siempre camina con una mano a la cintura deteniéndose los flojos pantalones para que no se le escurran de sus culiflacas caderas. Pero él ahí va, con su mirada perdida, pero otras veces platicando con una lucidez que espanta.
 
Llego al puesto de revistas de siempre y como siempre deteniéndome a mirar los tristes y cotidianos titulares, buscando el optimismo de las mejores noticias, sólo encuentro notas, tipografías e imágenes que como un rompecabezas iremos juntando y ensamblando para que algún día ladrillo a ladrillo construyamos el edificio de la historia…
 
En el parque, entre los árboles; a escondidas están los mismos jóvenes que evadidos de alguna escuela se besan, ríen y juegan entre furtivas caricias en tanto los perros se desentumen corriendo, persiguiéndose en esta por fin soleada mañana.
 
    Camino con vivaz paso entonando alguna cancioncilla y mirando para todos lados como un niño curioso, pero… ¡ZAZ! Que se me aparta el suelo, y ahí voy rodando, trastabillando en esta inesperada, caída. Y no sé cómo, después de tanta voltereta, quedo de rodillas y mirando al cielo. Me levanto con dificultad sobándome las piernas y los brazos, apenado, sintiendo vergüenza por la torpeza de mis pasos.
 
Con disimulo me sacudo el polvo de la avenida y agachándome descubro cuatro enormes tornillos que son el motivo de mi caída, ¿pero por qué diablos no me fijé? Me pregunto con auto culpa. Sólo un hombre, perfectamente vestido, alto y de pelo entrecano se me acerca preguntándome si no me he lastimado, le contesto que sólo fueron unos golpes ligeros, pero que estoy bien.
 
 “¿Cuánta gente no se habrá ya caído con estos y múltiples tornillos que dejan así nomás?, hoy es esto, pero, también son las alcantarillas abiertas… habría que demandar al gobierno” me dice al despedirse y subiéndose a su auto que había dejando detenido. Me aflora nuevamente la curiosidad y me siento en la acera de enfrente para ver qué ocurre; ¿pero si será posible? En menos de media hora, cuatro personas más corrieron mi misma suerte.
 
Fue entonces que recordé el libro de José Saramago, El Ensayo Sobre la Ceguera… ¿Tendríamos que quedarnos todos ciegos para comprender la miseria y las pasiones humanas? Asimismo, ¿tendríamos que quedarnos, detenidos, baldados, sin piernas para comprender el sentido de la libertad y el movimiento?...porque no sólo ahí, sino por muchos lados aún están esos pinches tornillos…

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