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lunes, 18 de noviembre de 2013

La nueva forma de hacer política

*Primera parte de un ensayo sobre las formas de hacer política comunicativas en la era de la información y el mass media.

Por Luis Enrique Reyes Elivar

Sociólogo (UAM) especialista en Marketing Político.
 
En los últimos doce años en México, hemos visto lo que han hecho políticos como Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard, Vicente Fox, Felipe Calderón; además de Enrique Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones, Eruviel Ávila, Juan Sabines, Rodrigo Medina, Emilio González Márquez y un largo etcétera.
 
Políticos que han intentado en los hechos y desde el discurso, posicionarse como políticos de nuevas generaciones que gobiernan de una manera eficaz, cercana al ciudadano – en el contexto democrático de tomar decisiones con el ciudadano y dándole cuentas a éste- y sobre todo poniendo énfasis en el desarrollo de la infraestructura que hace falta o complementa las ciudades; claro, sin dejar de lado el avance tecnológico.
 
A todo esto, le han dado en llamar y muchos lo quieren significar como “una nueva forma de hacer política”, lo cual es necesario desmenuzar antes de seguir usando tal adjetivo, ya que es peligroso el utilizar tal palabra cuando en los hechos aún se viven prácticas antidemocráticas e instalación y puesta en marcha de políticas públicas antipopulares llenas de autoritarismo y en algunos casos de toques fascistas y antiétnicas.
 
Pero ¿cómo debe ser esa nueva forma de hacer política en México, cuando la clase política vive enquistada en una cultura política que ella misma inventó y desarrolló desde principios del siglo XX y subsiste hasta nuestros días, pese a las voces que alientan una democracia consolidada en nuestro país?
 
Y es que el contexto histórico en el que se creó el Partido Revolucionario Institucional, llevó a buscar que las masas fueran corporativizadas en una institución que les enseñó a recibir pasivamente lo que los dirigentes les quisieran dar en todos sentidos y desde ahí se fue creando en el proto ciudadano la idea de que la política y los políticos deben de “dar” algo porque el pueblo o simpatizantes apoyan incondicionalmente para que después sean recompensados con migajas de un poder que se tiene y se ejerce a cuentagotas para ellos, pero que en la élite que domina se usa de manera hasta hiriente y ofensiva en ellos mismos.
 
Nuestra historia política siempre ha sido de luchas, la lucha de un grupo contra otro por estar y ostentar el poder, en cierto sentido así es la política, lucha de grupos antagónicos, de sus proyectos o entre sus proyectos para lograr llevarlos a cabo una vez que están en la posición máxima de tomar decisiones y afectar de manera positiva o negativa el presente y sobre todo el futuro de un país, un estado o un municipio.
 
Sin embargo, esas luchas han sido en su mayor parte, luchas de personas y seguidores, no confrontaciones de ideas, de proyectos bien definidos, mismos que a veces quedan cortos ante la fascinación que genera estar en el poder, desde el cual todo se puede y lo que no se puede se compra, se copta o se quita del camino.
 
Pero esa nueva forma de hacer política no va sola, va acompañada de otro poder que en nuestro país es un poder real y que muchas veces ha puesto en jaque al sistema político y en otras lo ha arrodillado completamente para cumplir sus caprichos: los medios de difusión.
 
Una nueva forma de hacer política tiene que saber convivir con los medios, sin dejarlos pasar esa barrera transparente y muy delgada de la cosa pública; donde los medios imponen la agenda política a partir de sucesos verídicos o no, de la realidad social, económica y política del país o de la localidad en la que se halle.
 
Hoy en día diversos ejemplos en todos los niveles no hacen constar que los medios de difusión son un factor muy importante del ejercicio del poder y de la aspiración al poder público. El político que quiera ser parte de esa generación de nuevos políticos y de hacer la política debe convivir como lo mencionaba anteriormente y no sólo eso, sino que también necesita ejercer su poder y hacer valer la máxima de que el poder político está por encima de cualquier otro poder –clero, medios, élites, grupos de presión, sectas o crimen organizado-, así mismo, tener valores democráticos y ejercerlos.
 
No basta con usar la comunicación política sin ton ni son, sin estrategia y solo por querer estar a la orden del día dando a conocer que si se pintó una calle o que si fue el día de la Santa Cruz y mucho menos cuántos juguetes entregamos a tal o cual grupo.
 
La comunicación Política debe dar cuenta al ciudadano en qué se gastan los impuestos que paga y sobre todo dar a conocer que se va avanzando, no que se sigue cooptando a las personas de la misma manera que hace cien años, dándoles poco, mostrándoles lo que pueden tener sin dárselos todo y jugando con ellos.
 
A estas alturas de desarrollo mundial, lo que se debe ver es la ejecución que deben hacer los partidos políticos en la praxis, es decir, cumplir con educar a la población con valores democráticos y prácticas democráticas, de llevarles educación en un sentido amplio para poder ayudar a cambiar las cosas, la realidad de las personas; para llevarlas a pensar por sí mismas, para que ellas se den cuenta de lo que uno u otro partido representan, de darles la oportunidad o el beneficio de la duda, de castigarlos o premiarlos, de darle seguimiento a tal o cual programa o política pública, de ejercer de manera efectiva y eficaz el dinero que el Estado les otorga para sus actividades políticas.
 
Quizá esto puede sonar utópico, pero en la realidad no lo es, solo lo que hace falta es algo muy sencillo: voluntad política. A todo esto, lo que representaría una nueva forma de hacer política sería realmente hacer lo que han dejado de hacer los partidos políticos y los políticos, es decir, hacer realidad la teoría y los discursos de los partidos y las personas que los componen, no hay que inventar para parecer nuevo, hay que ser y sobre todo hay que ejercer lo que se dice y se olvida.

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